“Vigilia del alma”
Esta noche, la luna no alumbra como en mi tierra. Allí su luz era redonda, amable, un espejo sereno sobre los trigales. Aquí, en cambio,
parece herida: un ojo de plata que apenas
sobrevive entre las nubes. Todo cuanto me
rodea respira desolación: el polvo que se
adhiere a la piel, la piedra fría que guarda el eco
de los muertos, el silencio que antecede a la
tempestad. Y, sin embargo, mi corazón no
tiembla. Siento dentro una calma extraña, la
serenidad de quien ha aceptado su destino.
No he venido por gloria, ni por venganza. No
busco ser recordado, ni siquiera comprendido.
Vine por obediencia y por fe, dos llamas
invisibles que me guían cuando todo lo demás
se apaga. He dejado atrás un nombre, unas
tierras, un linaje que alguna vez creí eterno. Ya
no soy hijo de nadie ni dueño de nada. Solo me
pertenece la cruz roja que guardo sobre el
pecho, esa marca que une a los hombres en el
juramento y los separa del mundo para siempre.
“Vigilia del alma”
Esta noche, la luna no alumbra como en mi tierra. Allí su luz era redonda, amable, un espejo sereno sobre los trigales. Aquí, en cambio,
parece herida: un ojo de plata que apenas
sobrevive entre las nubes. Todo cuanto me
rodea respira desolación: el polvo que se
adhiere a la piel, la piedra fría que guarda el eco
de los muertos, el silencio que antecede a la
tempestad. Y . . .
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