Celtas (aprox. siglo VI a. C. – siglo III a. C.)

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Celtas (aprox. siglo VI a. C. – siglo III a. C.)

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Norte y oeste de la península. Tribales, seminómadas y guerreros

El término celta proviene del griego antiguo, concretamente de la palabra “keltoi”, que los griegos usaban para referirse a los pueblos que habitaban gran parte de Europa central y occidental. El término latino “celtae” deriva de esta palabra y guarda cierta similitud con la que usaban los romanos para referirse a ellos de forma coloquial: “galli”.

Por tanto, concluiremos que los celtas fueron una serie de tribus indoeuropeas que florecieron durante la Edad del Hierro (siglo VIII a. C. hasta el siglo I d. C.) y que se expandieron por toda Europa, desde Asia Menor, de donde procedían, hasta llegar a la península ibérica.
Todas estas tribus compartían los mismos rasgos culturales, religiosos y lingüísticos, aunque nunca formaron un pueblo o un estado unificado. A pesar de que se establecieron en todo el continente, su presencia no tuvo la misma importancia en todas las regiones, siendo especialmente notable en la Galia (actual Francia) y en las Islas Británicas.

Norte y oeste de la península. Tribales, seminómadas y guerreros

El término celta proviene del griego antiguo, concretamente de la palabra “keltoi”, que los griegos usaban para referirse a los pueblos que habitaban gran parte de Europa central y occidental. El término latino “celtae” deriva de esta palabra y guarda cierta similitud con la que usaban los romanos para referirse a ellos de forma coloquial: “galli”.

Por tanto, concluiremos que los celtas fueron una serie de tribus indoeuropeas que florecieron durante la Edad del Hierro (siglo VIII a. C . . .

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Formaban sociedades de tipo jerárquico, cuya organización se basaba principalmente en el linaje y en las posesiones de tierras. A diferencia de otros pueblos y culturas de la época, la mujer celta tenía un “rol” importante en esta sociedad, pudiendo alcanzar altas cuotas de poder, llegando incluso a liderar al clan o tribu.

Se agrupaban en pequeños poblados fortificados llamados “castros”, aunque a partir del siglo III a. C. empezaron a crear núcleos urbanos más grandes en detrimento de estos pequeños asentamientos.
Estos pueblos no llegaron a tener una escritura propia o única, sino que desarrollaron varios sistemas diferentes, adoptando y adaptando los sistemas de otras culturas con las que tuvieron contacto.
Sus creencias religiosas eran politeístas, es decir, adoraban a varios dioses. También veneraban elementos naturales y creían en la vida después de la muerte, como demuestra que enterraran a sus muertos junto con todo tipo de objetos de valor.

Sus líderes espirituales y religiosos eran los “druidas”, que a su vez también eran sus cabecillas o jefes en el ámbito jurídico, pero estos hombres o mujeres (ya hemos hablado anteriormente de la importancia de la mujer celta en todos los ámbitos de esta sociedad) eran mucho más que eso: eran los guardianes del conocimiento ancestral, eran curanderos, ya que conocían las propiedades curativas de todas las plantas. También se les conocía por ser grandes filósofos y se les atribuía el don de la adivinación y el poder de comunicarse con los dioses. Los druidas transmitían sus conocimientos al iniciado exclusivamente de forma oral, y este podía tardar hasta 20 años en estar preparado.

Eran verdaderos expertos en el arte de la guerra y grandes combatientes, lo que trajo de cabeza durante años al Imperio romano, con cuyas legiones se enfrentaron en infinidad de ocasiones. Pero no solo luchaban contra enemigos comunes como Roma, sino que muchas veces también lo hacían entre sí, y este fue uno de los motivos que imposibilitaría que llegaran a formar una sola unidad política.

Pero, a pesar de la fuerte resistencia que ofrecieron frente al Imperio, este poco a poco los fue conquistando y absorbiendo, hasta romanizar a todos estos pueblos, acabando con su cultura y sus tradiciones definitivamente alrededor del siglo I a. C. Aunque estas perduraran durante varios siglos más en zonas remotas del norte de las Islas Británicas, donde, a día de hoy, todavía podemos escuchar diferentes lenguas de origen celta como el galés, el irlandés, el gaélico escocés o el bretón.

Como dato curioso, podríamos señalar que los legionarios romanos denominaban a estas tribus de diferentes formas, teniendo en cuenta su ubicación geográfica: galos (la Galia, Francia), britanos (Islas Británicas), celtíberos (Península Ibérica).

LOS CELTAS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Diferentes pueblos celtas habitaron la península desde finales de la Edad del Bronce (siglo XIII a. C.) hasta la romanización de la misma (siglo II a. C.). Se les conoció con el nombre genérico de “celtíberos”.

Estos pueblos acabaron fusionados con otras tribus locales, a las cuales transmitieron su cultura y tradiciones, dando lugar a toda una amalgama de clanes y tribus como los arévacos, titos, bellos, lusones, pelendones o también, de forma más ocasional, a los vacceos, carpetanos, olcades o lobetanos.

Resulta complicado asignar a estos pueblos unos territorios o fronteras determinados, tanto por la falta de documentación histórica como por las múltiples hipótesis que surgen a raíz de todos los restos arqueológicos encontrados. No obstante, podríamos concluir diciendo que se establecieron principalmente en la mitad oeste de la península, sobre todo en el centro y norte de la misma. Este sería el territorio al que denominaríamos “Celtiberia”.

Debido a esta fusión con otros pueblos de la península citada anteriormente, la cultura celta de Iberia es distinta y claramente distinguible de los pueblos celtas centroeuropeos. A partir del siglo III a. C., adoptaron el silabario ibero, lo que daría lugar a la llamada escritura celtíbera.

Como sus “primos” del resto de Europa, ofrecieron una fuerte y tenaz resistencia al Imperio romano, a pesar de lo cual acabaron siendo romanizados entre los siglos II y I a. C.
Como curiosidad, y para terminar, diremos que los pueblos celtas del norte de la península se denominaban a ellos mismos “gaelli”, lo que dio origen a palabras como “Gálata” o “gaélica”, de donde proviene el nombre de la actual región de Galicia, en el norte de España.

Por Eduardo José Rodrigo 

Investigador de la historia medieval y sus ecos en la historia presente.

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