En el silencio de la celda, cuando la luna derrama su luz sobre el acero del yelmo y las viejas piedras del Temple murmuran oraciones olvidadas, mi alma se alza entre dos fuegos: Dios… y ella.
Mi dama rubia, de ojos claros como la fe primera, aparece en mis recuerdos con la pureza del amanecer. No la he tocado, ni su voz ha pronunciado mi nombre, y sin embargo su imagen vive en mí con la fuerza de una llama que no se extingue.

Dicen los maestros del Temple que el corazón del caballero no debe dividirse: que sólo el Altísimo merece su amor. Mas, ¿cómo negar que el mismo Creador es quien puso en el mundo la hermosura? ¿No sería pecado renegar de lo que Él mismo hizo tan perfecto?
Su rostro surge entre mis rezos, y entonces el rosario pesa más. Siento en cada cuenta el peso de la carne, el temblor del hombre que fui antes del voto. Ella camina entre mis pensamientos como un rayo dorado que se cuela por las rendijas del deber. Su cabello, oro de cosecha; su mirada, misericordia que hiere.
Oh Señor, si amar sin tocar es pecado, perdóname. Porque no deseo su cuerpo, sino el alma que vislumbro en sus ojos. En ella veo reflejado lo divino, como si el Cielo hubiese tomado forma de mujer para probarme.
He cabalgado entre cruzadas, entre sangre y polvo, y nada me ha dolido tanto como el silencio de su ausencia. En la batalla, cuando la muerte rozaba mi rostro, pensaba en ella y en Ti, mi Dios, sin saber a quién servía más.
Quizás el amor que no se consuma sea el más puro. Tal vez el templario que renuncia sin olvidar es quien más ama en verdad.
Si alguna vez mis huesos reposan bajo la cruz pate, y algún hermano encuentra junto a mi espada un mechón dorado, que sepa que no fue símbolo de pecado… sino de redención.
Porque amarla fue mi prueba.
Y resistir, mi fe.
Fr. ✠ Jaime Pons
Presidente de la Asociación ACATELME
Director de la Revista Caballeros del Tiempo
