En el Toledo medieval, tras la devastadora derrota cristiana en la batalla de Alarcos en 1195, la sombra de los almohades se extendía sobre la península ibérica como un presagio de destrucción. Las murallas de Toledo, altas y centenarias, se erguían como un baluarte entre la ciudad y la invasión enemiga, mientras los ciudadanos miraban con temor y esperanza el horizonte ardiente del atardecer. El bullicio cotidiano se había transformado en un murmullo constante de oración y tensión; herreros, campesinos y mercaderes trabajaban con las manos temblorosas, preparando armas, refuerzos y provisiones, conscientes de que la guerra podía tocar sus puertas en cualquier momento.
En este clima de incertidumbre y miedo, la Iglesia de San Miguel el Alto, ubicada en el corazón del barrio que le da nombre, se convirtió en un refugio y un punto estratégico de resistencia. No solo servía de santuario para los feligreses, sino que también ofrecía abrigo a los caballeros templarios que custodiaban la ciudad. Estos hombres, envueltos en sus capas blancas con la cruz roja, eran la élite de la defensa cristiana: guerreros entrenados en combate, pero también iniciados en rituales secretos y disciplinas místicas que los unían con lo divino de manera única.
En el Toledo medieval, tras la devastadora derrota cristiana en la batalla de Alarcos en 1195, la sombra de los almohades se extendía sobre la península ibérica como un presagio de destrucción. Las murallas de Toledo, altas y centenarias, se erguían como un baluarte entre la ciudad y la invasión enemiga, mientras los ciudadanos miraban con temor y esperanza el horizonte ardiente del atardecer. El bullicio cotidiano se había transformado en un murmullo constante de oración y tensión; herreros, campesinos y mercaderes trabajaban con las manos temblorosas, preparando . . .
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