Hijos de la tierra y el sol
Cuando pienso en los íberos, imagino un pueblo que habitó nuestra península mucho antes de que Roma y Cartago llegaran, un pueblo orgulloso y libre, capaz de forjar una cultura única a partir de sus raíces y de las influencias mediterráneas. Los fenicios les enseñaron a trabajar los metales y comerciar, los griegos les mostraron el arte y la arquitectura, y los cartagineses aportaron tácticas militares. Pero los íberos no se limitaron a copiar: hicieron todo suyo, construyendo un mundo que respiraba arte, religión, guerra y respeto por la tierra.
Vivían en oppida, ciudades fortificadas sobre colinas, donde los talleres, los mercados y los hogares se entrelazaban con la vida militar y espiritual. Allí se forjaban las falcatas y los escudos, se tejían mantos y se modelaban cerámicas, cada objeto con un significado simbólico que contaba quiénes eran y de dónde venían. Las calles estrechas, los patios abiertos y los espacios para ceremonias y mercados mostraban cómo la vida cotidiana y la preparación para la guerra coexistían. Las mujeres eran maestras del tejido y la cerámica, los hombres del hierro y el bronce, y los ancianos guiaban la toma de decisiones y enseñaban las leyendas del pasado.
Hijos de la tierra y el sol
Cuando pienso en los íberos, imagino un pueblo que habitó nuestra península mucho antes de que Roma y Cartago llegaran, un pueblo orgulloso y libre, capaz de forjar una cultura única a partir de sus raíces y de las influencias mediterráneas. Los fenicios les enseñaron a trabajar los metales y comerciar, los griegos les mostraron el arte y la arquitectura, y los cartagineses aportaron tácticas militares. Pero los íberos no se limitaron a copiar: hicieron todo suyo, construyendo un mundo que . . .
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